Según algunas fuentes, el tejido que dio origen al jean se remonta al año 300. Según otras, las velas de las carabelas de Colón eran de denim. Lo cierto es que ese material atemporal y resistente se recicla a sí mismo y sobrevive a la moda.
Pocas prendas han sobrevivido a una historia tan tumultuosa que, según ciertos estudiosos de la ropa y los estilos, puede remontarse hasta el año 300. Escenario: Francia. A años luz de los revolucionarios talleres textiles ingleses, un tal Serge, de quien sólo se recuerda que vivía en Nîmes, parece haber ideado un tejido de algodón demasiado rústico, pero resistente, casi ideal para los arduos trabajos del campo y los escasos fondos disponibles para costearlos. La posteridad inmediata, que siempre es injusta, sólo recuerda su procedencia, y “de Nîmes”, uso cotidiano obliga, se convierte en “denim”. Dicen que su presencia sigilosa, persistente, se habría mantenido como un fantasma desde entonces.

El mítico Levi Strauss, un bávaro, que en su lucidez de recién llegado con ganas de hacerse la América, no tardó nada en avivarse de que los buscadores de metal brillante eran demasiados como para hacer fortuna ¿Qué hacer? ¡Pues venderles los elementos que necesitaban en esa búsqueda! Levi y familia, capital pequeño mediante, pusieron una suerte de almacén de ramos generales que vendía, entre miles de objetos, pantalones de denim. A decir verdad, más allá de que el suyo estaba resultando un negocio próspero, sus productos no sobresalieron del montón hasta que escuchó la propuesta de un tal Jacob Davis, un sastre que no tenía dinero para registrar inventos pero sí una gran idea: añadir apliques de metal para reforzar las costuras y evitar que los pantalones se desgarraran pronto.
Era 1873, la prenda venía sin presillas para cinturones, pero con botoncitos para los tiradores y faltaban algunos años para sintetizar el índigo en laboratorio.

En los años ‘30, con el mundo intentando asomar de la Gran Depresión, los norteamericanos empezaron a asociar la fortaleza de los pioneros con la del jean, gracias a los vaqueros que cantaban las bondades de los Blue Bell Globe (los proto-Wrangler). Eran tiempos hambrientos de mitos de origen y sentimientos de pertenencia, como lo demostraría Levi’s al estrenar, en 1936, la (hoy) clásica etiqueta roja para diferenciar sus productos.
Pero nada hizo más por la difusión de estas prendas que el fin de la Segunda Guerra Mundial (más aún que el acuerdo que el Ministerio de Defensa de los EE.UU. firmó con Levi’s para darle la exclusividad de la confección de uniformes de la Marina): junto con la victoria aliada, llegaron las publicidades de Coca-Cola, el Plan Marshall y nuestros pantalones de marras.

Si en los ‘60 cualquier jean enrolaba a su portador en la contracultura, los ‘70 trajeron al país la primera marca nacional y popular, los Far West (en 1974), más o menos al mismo tiempo en que tener uno todavía dependía de tener acceso a lo importado.
Democratizados como prendas gracias a la globalización, se dice que en la Argentina, en años relativamente buenos, se llega a vender un jean por habitante. Y los científicos del FBI han logrado demostrar en un juicio (1998) que ninguno es idéntico a otro, porque “las máquinas que los cosen producen movimientos irregulares que hacen que cada pantalón tenga una forma diferente”.
Fuente: Página 12 (Soledad Vallejos).